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TEXTO 1
1-
¿Quién sobrevive en la vida? ¿A costa de qué?
Sobreviven en la vida aquellos que son capaces de adecuarse al ambiente en el que se encuentran, consiguiendo hacer frente al resto de especies que pueden ser una amenaza. Habla entonces de un vencedor y un vencido, el vencedor sería aquel que ha conseguido sobrevivir y el vencido el cual ha muerto o ha sido herido para que el otro pudiera seguir viviendo. Aunque la mayoría de las veces el vencedor sería el hombre y así lo expresa Baroja dando varios ejemplos (hiena,araña o árbol) debido a que es el más poderoso y fuerte.
2- ¿Qué actitud adopta Iturrioz ante esas injusticias? ¿Por qué? Busca en
el diccionario la palabra "ataraxia" y relaciónala con esta
actitud.
Iturrioz adopta una actitud bastante impasible ya que comprende que el ciclo y curso de la vida va a continuar y es inalterable, como expresa diciendo que por matar una araña no se podrá evitar que las arañas sigan comiendo moscas. Otro motivo de su indignación es el poder que tiene el hombre en estas situaciones ya que es capaz de pasar por encima de otros hombres para sobrevivir actuando de forma egoista ( homo, homni lupus ) .Esta actitud impasible y estable se podría relacionar perfectamente con la ataraxia, estado de ánimo que se caracteriza por la tranquilidad y la total ausencia de deseos o temores ya que deja que ejemplos y opiniones ajenas no difieran en sus pensamientos.
Andrés
habló de la gente de la vecindad de Lulú, de las escenas del hospital; como
casos extraños, dignos de un comentario; de Manolo el Chafandín, del tío
Miserias, de don Cleto, de Doña Virginia...
—¿Qué consecuencia puede sacarse de todas estas vidas? —preguntó Andrés al final.
—Para mí la consecuencia es fácil —contestó Iturrioz con el bote de agua en la mano—. Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros.Plantas, microbios, animales.
—Sí, yo también he pensado en eso —repuso Andrés—; pero voy abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida llevada así a los animales, a las plantas y hasta los minerales, como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico, después, ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?
—Te contestaré por partes —repuso Iturrioz dejando el bote para regar, porque estas discusiones le apasionaban—. Tú me dices, este concepto de lucha es un concepto antropomórfico. Claro, llamamos a todos los conflictos lucha, porque es la idea humana que más se aproxima a esa relación que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha. La hiena que monda los huesos de un cadáver, la araña que sorbe una mosca, no hace más ni menos que el árbol bondadoso llevándose de la tierra el agua y las sales necesarias para su vida.
—¿Qué consecuencia puede sacarse de todas estas vidas? —preguntó Andrés al final.
—Para mí la consecuencia es fácil —contestó Iturrioz con el bote de agua en la mano—. Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros.Plantas, microbios, animales.
—Sí, yo también he pensado en eso —repuso Andrés—; pero voy abandonando la idea. Primeramente el concepto de la lucha por la vida llevada así a los animales, a las plantas y hasta los minerales, como se hace muchas veces, no es más que un concepto antropomórfico, después, ¿qué lucha por la vida es la de ese hombre don Cleto, que se abstiene de combatir, o la de ese hermano Juan, que da su dinero a los enfermos?
—Te contestaré por partes —repuso Iturrioz dejando el bote para regar, porque estas discusiones le apasionaban—. Tú me dices, este concepto de lucha es un concepto antropomórfico. Claro, llamamos a todos los conflictos lucha, porque es la idea humana que más se aproxima a esa relación que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha. La hiena que monda los huesos de un cadáver, la araña que sorbe una mosca, no hace más ni menos que el árbol bondadoso llevándose de la tierra el agua y las sales necesarias para su vida.
El espectador indiferente, como
yo, ve a la hiena, a la araña y al árbol, y se los explica. El hombre justiciero
le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la araña se sienta a la
sombra del árbol, y cree que hace bien.
—Entonces ¿para usted no hay lucha, ni hay justicia?
—En un sentido absoluto, no; en un sentido relativo, sí. Todo lo que vive tiene un proceso para apoderarse primero del espacio, ocupar un lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía de un vivo contra los obstáculos del medio, es lo que llamamos lucha. Respecto de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo es lo que nos conviene. Supón en el ejemplo de antes que la hiena en vez de ser muerta por el hombre mata al hombre, que el árbol cae sobre él y le aplasta, que la araña le hace una picadura venenosa; pues nada de eso nos parece justo, porque no nos conviene. A pesar
de que en el fondo no haya más que esto, un interés utilitario ¿quién duda que la idea de justicia y de equidad es una tendencia que existe en nosotros? ¿Pero cómo la vamos a realizar?
—En un sentido absoluto, no; en un sentido relativo, sí. Todo lo que vive tiene un proceso para apoderarse primero del espacio, ocupar un lugar, luego para crecer y multiplicarse; este proceso de la energía de un vivo contra los obstáculos del medio, es lo que llamamos lucha. Respecto de la justicia, yo creo que lo justo en el fondo es lo que nos conviene. Supón en el ejemplo de antes que la hiena en vez de ser muerta por el hombre mata al hombre, que el árbol cae sobre él y le aplasta, que la araña le hace una picadura venenosa; pues nada de eso nos parece justo, porque no nos conviene. A pesar
de que en el fondo no haya más que esto, un interés utilitario ¿quién duda que la idea de justicia y de equidad es una tendencia que existe en nosotros? ¿Pero cómo la vamos a realizar?
—Eso es lo que yo me pregunto ¿cómo realizarla?
—¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca? —siguió diciendo
Iturrioz—. Bueno. Indignémonos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Matarla? Matémosla. Eso no
impedirá que sigan las arañas comiéndose a las moscas. ¿Vamos a quitarle al
hombre esos instintos fieros que te repugnan? ¿Vamos a borrar esa tendencia del
poeta latino “Homo, homini lupus”, el hombre es un lobo para el hombre? Está
bien. En cuatro cinco mil años lo podremos conseguir. El hombre ha hecho de un
carnívoro como el chacal un omnívoro como el perro; pero se necesitan muchos
siglos para eso.
TEXTO 2
1- ¿Por qué Iturrioz (Baroja) cree que la ciencia, es decir, el conocimiento,
hace al hombre más infeliz?
Iturrioz cree que la ciencia se ha convertido en un ídolo ya que nos puede dar varias respuestas sobre nuestro mundo pero que a la vez no ha transformado en seres avariciosos por el deseo de más conocimiento. La considera mezquina y triste debido a estos resultados y a la vez inaprovechable de manera inmediata ni para personas con menos entendimientos sobre el tema.
A
su parecer, al contrario de la ciencia, la fe en la religión nos evade de la
realidad dándonos respuestas concretas aunque puedan ser ficticias.
-
Ya la ciencia para vosotros —dijo Iturrioz— no es una institución con un fin
humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo
—Hay
la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil
mañana—replicó Andrés.
—¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas alguna vez?
—¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
—¿En qué?
—En el concepto del mundo.
—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo en el fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
—En eso estoy conforme —dijo Andrés—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?
—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.
—¡Bah!
—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?
—No recuerdo; la verdad.
—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?
—¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas alguna vez?
—¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
—¿En qué?
—En el concepto del mundo.
—Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo en el fondo estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida. Esa anomalía de la naturaleza que se llama la vida necesita estar basada en el capricho, quizá en la mentira.
—En eso estoy conforme —dijo Andrés—. La voluntad, el deseo de vivir, es tan fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión. A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que rompe la crisálida para morir. El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?
—Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día, está dicho nada menos que en la Biblia.
—¡Bah!
—Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?
—No recuerdo; la verdad.
—Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: Puedes comer todos los frutos del jardín pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte. Y Dios, seguramente, añadió: Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá. ¿No es un consejo admirable?
- Lee estos
dos fragmentos de El árbol de la ciencia y contesta a las
siguientes preguntas
TEXTO 1
TEXTO 1
TE
Según Pío Baroja los politicos encargados de mantener la calma y el bienestardel país en vez de cumplir con sus obligaciones hacen uso de su poder para aprovecharse. Pero sin embargo no solo los políticos son culpados por Baroja si no que también los habitantes con su aceptación y serenidad ante este tema causaron la situación de ruina en esa época.
Considera a los habitantes en este tiempo pasivos y sin ganas de cambio, aceptando totalmente su situación en ese tiempo y convenciéndose de que no es necesarioluchar. El autor tiene en cuenta que el ser humano tendrá siempre esta indiferencia y que será difícil e imposible de cambiar.
Se puede ver ya al principio cuando Baroja habla de cómo los ciudadanos aceptaron la ruina y del estoicismo que se podía observar. Aunque profundiza en este temaen las últimas 6 frases donde habla de la indíferencia intelectualísta , preguntándose "¿Por qué incomodarse, si todo está determinado, si es fatal, si no puede ser de otra manera?" y hablando de la serenidad que presentaban los habitantes eniendo en cuentasus situaciones de vida. Esta y otras más preguntas como "¿no estaba también determinado, no era fatal el que su cerebro tuviera una irritación que le hiciera protestar contra aquel estado de cosas violentamente?" se encontrarían en la última parte del texto donde el autor expresaría medianamente su conclusión y creencias.
1-¿Qué sistema
político se ve reflejado en Alcolea?
En Alcolea se
veía reflejado el caciquismo, un sistema político en el que dos partidos
contrarios se enfrentaban para conseguir el liderazgo de la ciudad. Estos
dos partidos, haciendo utilidad de los caciques, amañaban las elecciones
para ir así intercambiando cada
cierto tiempo, y cada vez aprovechandose uno de los partidos del dinero y
de la situación de los ciudadanos sin preocuparse por ellos.
2-¿Los políticos son los únicos culpables de la situación del país
(representado por Alcolea)?¿Qué critica Baroja de los españoles
representados por los habitantes de Alcolea?
Según Pío Baroja los politicos encargados de mantener la calma y el bienestardel país en vez de cumplir con sus obligaciones hacen uso de su poder para aprovecharse. Pero sin embargo no solo los políticos son culpados por Baroja si no que también los habitantes con su aceptación y serenidad ante este tema causaron la situación de ruina en esa época.
Como
expresa el autor, los ciudadanos además de tener una
indiferencia intelectualista se han vuelto egoistas y envidiosos de
aquellos habitantes ricos, y crueles y orgullosos debido a sus estados de
crisis. Esto les hace individualistas y preocupandose de sí mismos unicamente.
3- ¿Por qué Baroja
considera que no hay solución posible para los problemas de España?
Considera a los habitantes en este tiempo pasivos y sin ganas de cambio, aceptando totalmente su situación en ese tiempo y convenciéndose de que no es necesarioluchar. El autor tiene en cuenta que el ser humano tendrá siempre esta indiferencia y que será difícil e imposible de cambiar.
Por otro lado culpa al sistema político y a
los caciques de haber llegado a esta situación a causa de a sus
hurtos y a causa de su despreocupación por el país en general.
4- En este fragmento
Baroja hace alusión a la ataraxia como única posibilidad intelectual ante
las injusticias. Di dónde aparece
Se puede ver ya al principio cuando Baroja habla de cómo los ciudadanos aceptaron la ruina y del estoicismo que se podía observar. Aunque profundiza en este temaen las últimas 6 frases donde habla de la indíferencia intelectualísta , preguntándose "¿Por qué incomodarse, si todo está determinado, si es fatal, si no puede ser de otra manera?" y hablando de la serenidad que presentaban los habitantes eniendo en cuentasus situaciones de vida. Esta y otras más preguntas como "¿no estaba también determinado, no era fatal el que su cerebro tuviera una irritación que le hiciera protestar contra aquel estado de cosas violentamente?" se encontrarían en la última parte del texto donde el autor expresaría medianamente su conclusión y creencias.
Las costumbres de Alcolea eran españolas puras, es decir, de un absurdo
completo. El pueblo no tenía el menor sentido social; las familias se metían en
sus casas, como los trogloditas en su cueva. No había solidaridad; nadie sabía
ni podía utilizar la fuerza de la asociación. Los hombres iban al trabajo y a
veces al casino. Las mujeres no salían más que los domingos a misa. Por falta
de instinto colectivo el pueblo se había arruinado. El pueblo aceptó la
ruina con resignación.
—Antes éramos ricos —se dijo cada alcoleano—. Ahora seremos pobres. Es igual;
viviremos peor, suprimiremos nuestras necesidades. Aquel estoicismo acabó de
hundir al pueblo.
Muchas
veces a Hurtado le parecía Alcolea una ciudad en estado de sitio. El sitiador
era la moral, la moral católica. Allí no había nada que no estuviera almacenado
y recogido: las mujeres en sus casas, el dinero en las carpetas, el vino en las
tinajas. Andrés se preguntaba: ¿Qué hacen estas mujeres? ¿En qué piensan? ¿Cómo
pasan las horas de sus días? Difícil era averiguarlo. Con aquel régimen de
guardarlo todo, Alcolea gozaba de un orden admirable; sólo un cementerio bien
cuidado podía sobrepasar tal perfección.
Esta perfección se conseguía haciendo que el más inepto fuera el que gobernara. La ley de selección en pueblos como aquél se cumplía al revés. El cedazo iba separando el grano de la paja, luego se recogía la paja y se desperdiciaba el grano.
Algún burlón hubiera dicho que este aprovechamiento de la paja entre españoles no era raro. Por aquella selección a la inversa, resultaba que los más aptos allí eran precisamente los más ineptos. En Alcolea había pocos robos y delitos de sangre: en cierta época los había habido entre jugadores y matones; la gente pobre no se movía, vivía en una pasividad lánguida; en cambio los ricos se agitaban, y la usura iba sorbiendo toda la vida de la ciudad. El labrador, de humilde pasar, que durante mucho tiempo tenía una casa con cuatro o cinco parejas de mulas, de pronto aparecía con diez, luego con veinte; sus tierras se extendían cada vez más, y él se colocaba entre los ricos.
La política de Alcolea respondía perfectamente al estado de inercia y desconfianza del pueblo.
Era una política de caciquismo, una lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos conservadores.
En aquel momento dominaban los Mochuelos. El Mochuelo principal era el alcalde, un hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, cacique de formas suaves, que suavemente iba llevándose todo lo que podía del municipio.
El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento y forzudo, con unas manos de gigante; hombre, que cuando entraba a mandar, trataba al pueblo en conquistador. Este gran Ratón no disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos. Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos y a los Ratones, y los consideraba necesarios. Aquellos bandidos eran los sostenes de la sociedad; se repartían el botín; tenían unos para otros un “tabú” especial, como el de los polinesios. Andrés podía estudiar en Alcolea todas aquellas manifestaciones del árbol de la vida, y de la vida áspera manchega: la expansión del egoísmo, de la envidia, de la crueldad, del orgullo. A veces pensaba que todo esto era necesario; pensaba también que se podía llegar en la indiferencia intelectualista, hasta disfrutar contemplando estas expansiones, formas violentas de la vida. ¿Por qué incomodarse, si todo está determinado, si es fatal, si no puede ser de otra manera?, se preguntaba. ¿No era científicamente un poco absurdo el furor que le entraba muchas veces al ver las injusticias del pueblo? Por otro lado: ¿no estaba también determinado, no era fatal el que su cerebro tuviera una irritación que le hiciera protestar contra aquel estado de cosas violentamente?
Esta perfección se conseguía haciendo que el más inepto fuera el que gobernara. La ley de selección en pueblos como aquél se cumplía al revés. El cedazo iba separando el grano de la paja, luego se recogía la paja y se desperdiciaba el grano.
Algún burlón hubiera dicho que este aprovechamiento de la paja entre españoles no era raro. Por aquella selección a la inversa, resultaba que los más aptos allí eran precisamente los más ineptos. En Alcolea había pocos robos y delitos de sangre: en cierta época los había habido entre jugadores y matones; la gente pobre no se movía, vivía en una pasividad lánguida; en cambio los ricos se agitaban, y la usura iba sorbiendo toda la vida de la ciudad. El labrador, de humilde pasar, que durante mucho tiempo tenía una casa con cuatro o cinco parejas de mulas, de pronto aparecía con diez, luego con veinte; sus tierras se extendían cada vez más, y él se colocaba entre los ricos.
La política de Alcolea respondía perfectamente al estado de inercia y desconfianza del pueblo.
Era una política de caciquismo, una lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales, y los Mochuelos conservadores.
En aquel momento dominaban los Mochuelos. El Mochuelo principal era el alcalde, un hombre delgado, vestido de negro, muy clerical, cacique de formas suaves, que suavemente iba llevándose todo lo que podía del municipio.
El cacique liberal del partido de los Ratones era don Juan, un tipo bárbaro y despótico, corpulento y forzudo, con unas manos de gigante; hombre, que cuando entraba a mandar, trataba al pueblo en conquistador. Este gran Ratón no disimulaba como el Mochuelo; se quedaba con todo lo que podía, sin tomarse el trabajo de ocultar decorosamente sus robos. Alcolea se había acostumbrado a los Mochuelos y a los Ratones, y los consideraba necesarios. Aquellos bandidos eran los sostenes de la sociedad; se repartían el botín; tenían unos para otros un “tabú” especial, como el de los polinesios. Andrés podía estudiar en Alcolea todas aquellas manifestaciones del árbol de la vida, y de la vida áspera manchega: la expansión del egoísmo, de la envidia, de la crueldad, del orgullo. A veces pensaba que todo esto era necesario; pensaba también que se podía llegar en la indiferencia intelectualista, hasta disfrutar contemplando estas expansiones, formas violentas de la vida. ¿Por qué incomodarse, si todo está determinado, si es fatal, si no puede ser de otra manera?, se preguntaba. ¿No era científicamente un poco absurdo el furor que le entraba muchas veces al ver las injusticias del pueblo? Por otro lado: ¿no estaba también determinado, no era fatal el que su cerebro tuviera una irritación que le hiciera protestar contra aquel estado de cosas violentamente?
TEXTO 2
Andrés Hurtado estudia medicina en Madrid
(como hizo el propio Baroja), lo cual le sirve a Pío Baroja para
reflexionar sobre la situación cultural y educativa del país:
1- ¿Qué opinaba
sobre la educación universitaria en España? ¿Cómo eran
los profesores? ¿Y los alumnos? Relaciónalo con lo que antes pusiste sobre
los Regeneracionistas y la Institución Libre de Enseñanza.
Andrés se encolerizaba e indignaba con la educación universitaria en el país debido a la falta de seriedad en ella. No había deseos de cambio y los profesores, ya ancianos, podían haber impartido clases desde hace cincuenta años sin haber sido despedidos a causa de su simpatez. Los alumnos, por otro lado, eran irrespetuosos saliendo a veces de clase sin permiso o burlándose del profesor. En cambio acudían a la universidad por su actitud donjuanera y para poder disfrutar, consiguiendo que al final que no se enseñara nada.
A causa de las situaciones de estas escuelas algunos profesores con creencias y opiniones distintas que habían sido expulsados decidieron crear la Institución Libre de Enseñanza en 1919. En la que se impartiría una enseñanza laica y no tan ligada a la memoria del estudiante. Además habría un vinculo más fuerte entre alumnos y profesores no como en el ejemplo anterior y así enseñar a alumnos que pudieran seguir con sus estudios por gusto.
2- ¿La gente realmente venía a Madrid a prepararse académicamente?
Las escuelas de Madrid no eran las de mayor
prestigio debido al ambiente de las clases, había mucha falta de respeto y
los estudiantes acudían allí con idea de divertirse, jugar y de
perseguir a las mujeres (haciendo referencia a Don Juan Tenorio
y comparándolo con la actitud de este) . Esto causaba una falta de
educación en la sociedady una oportunidad desaprovechada para aquellos que
deseaban aprender.
3- ¿La gente culta y con inquietudes podía saber lo que pasaba realmente
en España? ¿Por qué?
Ni siquieras personas cultas y con inquietudes y ganas de aprender podían saber lo que realmente ocurría en España pues toda la acción de la cultura europea estaba bastante restringida. No se hablaba de ello en los periódicos y había una tendencia de hacer pensar al resto que lo poco que veían, en España era en realidad grande.
4-
¿Por qué España vivía aislada culturalmente?
España vivía por una parte aislada debido a la imagen que se tenía de ella en otros países, aunque los españoles ( sobre todo los de la capital ) en cambio vivían engañados y con una imagen demasiado optimista pensando que todo lo que se encontraba aquí era mejor. Otros países y ciudades veían a España como un lugar inculto y odioso sin tener en cuenta otras figuras famosas e intelectuales como Castelar, Cánovas, Echegaray...Aunque seguían sin encontrarse las ganas de cambio.
En
un ambiente de fricciones, residuo de un pragmatismo viejo y sin
renovación vivía el Madrid de hace años .Otras ciudades españolas se habían
dado alguna cuenta de la necesidad transformarse y de cambiar; Madrid
seguía inmóvil, sin curiosidad, sin deseo de cambio.
El estudiante madrileño, sobre todo el venido de provincias, llegaba a la corte con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir a las mujeres pensando, como decía el profesor de Química con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado oxigenado.
Menos el sentido religioso, la mayoría no lo tenían, ni les preocupaba gran cosa la religión; los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir.
El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la realidad e intentara adquirir una idea clara de su país y del papel que representaba en el mundo, no podía.
La acción de la cultura europea en España era realmente restringida, y localizada a cuestiones técnicas, los periódicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia general era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella y al contrario, por una especie de mala fe internacional.
Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes hombres que producían la envidia de otros países: Castelar, Cánovas, Echegaray... España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente de optimismo absurdo. Todo lo español era lo mejor.
Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión del país pobre que se aísla, contribuía al estancamiento, a la fosilificación de las ideas.
Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las cátedras. Andrés Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar Medicina. Los profesores del año preparatorio eran viejísimos; había algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando. Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil. Sobre todo, aquella clase de Química de la antigua capilla del Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos, y creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y del cloro estaba haciendo un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran. Satisfacía su pueril vanidad dejando los experimentos aparatosos para la conclusión de la clase con el fin de retirarse entre aplausos como un prestidigitador.Los estudiantes le aplaudían, riendo a carcajadas. A veces, en medio de la clase, a alguno de los alumnos se le ocurría marcharse, se levantaba y se iba. Al bajar por la escalera de la gradería los pasos del fugitivo producían gran estrépito, y los demás muchachos sentados llevaban el compás golpeando con los pies y con los basto. En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas, nadie seguía la explicación; alguno llegó a presentarse con una corneta, y cuando el profesor se disponía a echar en un vaso de agua un trozo de potasio, dio dos toques de atención; otro metió un perro vagabundo, y fue un problema echarlo. Había estudiantes descarados que llegaban a las mayores insolencias; gritaban,rebuznaban, interrumpían al profesor. Una de las gracias de estos estudiantes era la de dar un nombre falso cuando se lo preguntaban.
—Usted —decía el profesor señalándole con el dedo, mientras le temblaba la perilla
por la cólera—, ¿cómo se llama usted?
—¿Quién? ¿Yo?
—Sí, señor ¡usted, usted! ¿Cómo se llama usted? —añadía el profesor, mirando la lista.
—Salvador Sánchez.
—Alias Frascuelo —decía alguno, entendido con él.
—Me llamo Salvador Sánchez; no sé a quién le importará que me llame así, y si hay alguno que le importe, que lo diga —replicaba el estudiante, mirando al sitio de donde había salido la voz y haciéndose el incomodado.
—¡Vaya usted a paseo! —replicaba el otro.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Al corral! —gritaban varias voces.
—Bueno, bueno. Está bien. Váyase usted —decía el profesor, temiendo las consecuencias de estos altercados.
El muchacho se marchaba, y a los pocos días volvía a repetir la gracia, dando como suyo el nombre de algún político célebre o de algún torero.
Andrés Hurtado los primeros días de clase no salía de su asombro. Todo aquello era demasiado absurdo. Él hubiese querido encontrar una disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y se encontraba con una clase grotesca en que los alumnos se burlaban del profesor. Su preparación para la Ciencia no podía ser más desdichada.
El estudiante madrileño, sobre todo el venido de provincias, llegaba a la corte con un espíritu donjuanesco, con la idea de divertirse, jugar, perseguir a las mujeres pensando, como decía el profesor de Química con su solemnidad habitual, quemarse pronto en un ambiente demasiado oxigenado.
Menos el sentido religioso, la mayoría no lo tenían, ni les preocupaba gran cosa la religión; los estudiantes de las postrimerías del siglo XIX venían a la corte con el espíritu de un estudiante del siglo XVII, con la ilusión de imitar, dentro de lo posible, a Don Juan Tenorio y de vivir.
El estudiante culto, aunque quisiera ver las cosas dentro de la realidad e intentara adquirir una idea clara de su país y del papel que representaba en el mundo, no podía.
La acción de la cultura europea en España era realmente restringida, y localizada a cuestiones técnicas, los periódicos daban una idea incompleta de todo; la tendencia general era hacer creer que lo grande de España podía ser pequeño fuera de ella y al contrario, por una especie de mala fe internacional.
Si en Francia o en Alemania no hablaban de las cosas de España, o hablaban de ellas en broma, era porque nos odiaban; teníamos aquí grandes hombres que producían la envidia de otros países: Castelar, Cánovas, Echegaray... España entera, y Madrid sobre todo, vivía en un ambiente de optimismo absurdo. Todo lo español era lo mejor.
Esa tendencia natural a la mentira, a la ilusión del país pobre que se aísla, contribuía al estancamiento, a la fosilificación de las ideas.
Aquel ambiente de inmovilidad, de falsedad, se reflejaba en las cátedras. Andrés Hurtado pudo comprobarlo al comenzar a estudiar Medicina. Los profesores del año preparatorio eran viejísimos; había algunos que llevaban cerca de cincuenta años explicando. Sin duda no los jubilaban por sus influencias y por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil. Sobre todo, aquella clase de Química de la antigua capilla del Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos, y creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y del cloro estaba haciendo un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran. Satisfacía su pueril vanidad dejando los experimentos aparatosos para la conclusión de la clase con el fin de retirarse entre aplausos como un prestidigitador.Los estudiantes le aplaudían, riendo a carcajadas. A veces, en medio de la clase, a alguno de los alumnos se le ocurría marcharse, se levantaba y se iba. Al bajar por la escalera de la gradería los pasos del fugitivo producían gran estrépito, y los demás muchachos sentados llevaban el compás golpeando con los pies y con los basto. En la clase se hablaba, se fumaba, se leían novelas, nadie seguía la explicación; alguno llegó a presentarse con una corneta, y cuando el profesor se disponía a echar en un vaso de agua un trozo de potasio, dio dos toques de atención; otro metió un perro vagabundo, y fue un problema echarlo. Había estudiantes descarados que llegaban a las mayores insolencias; gritaban,rebuznaban, interrumpían al profesor. Una de las gracias de estos estudiantes era la de dar un nombre falso cuando se lo preguntaban.
—Usted —decía el profesor señalándole con el dedo, mientras le temblaba la perilla
por la cólera—, ¿cómo se llama usted?
—¿Quién? ¿Yo?
—Sí, señor ¡usted, usted! ¿Cómo se llama usted? —añadía el profesor, mirando la lista.
—Salvador Sánchez.
—Alias Frascuelo —decía alguno, entendido con él.
—Me llamo Salvador Sánchez; no sé a quién le importará que me llame así, y si hay alguno que le importe, que lo diga —replicaba el estudiante, mirando al sitio de donde había salido la voz y haciéndose el incomodado.
—¡Vaya usted a paseo! —replicaba el otro.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Al corral! —gritaban varias voces.
—Bueno, bueno. Está bien. Váyase usted —decía el profesor, temiendo las consecuencias de estos altercados.
El muchacho se marchaba, y a los pocos días volvía a repetir la gracia, dando como suyo el nombre de algún político célebre o de algún torero.
Andrés Hurtado los primeros días de clase no salía de su asombro. Todo aquello era demasiado absurdo. Él hubiese querido encontrar una disciplina fuerte y al mismo tiempo afectuosa, y se encontraba con una clase grotesca en que los alumnos se burlaban del profesor. Su preparación para la Ciencia no podía ser más desdichada.
MIGUEL DE UNAMUNO
-
Lee el siguiente fragmento y contesta estas preguntas:
Augusto le cuenta a Unamuno que ha decidido tomar la decisión de suicidarse, a lo que este le contesta que es imposible cometer eso ya que es un ente de ficción creado por él y al controlar sus actos niega la posibilidad de que Augusto se suicide.
Unamuno establece una relación religiosa ya que, como dice al final de la historia, todos los seres humanos llevamos a cabo una vida que Dios nos da y decide por nosotros. Por lo tanto cada uno de nosotros sería el personaje y protagonista de nuestra vida, haríamos todo lo que han escrito que hagamos siguiendo la historia, no siendo libres ya que alguien ha decidido por nosotros. El final de nuestra historia sucedería cuando nuestra vida acabe, es decir cuando Dios se canse de utilizar nuestro personaje y no pueda continuar la historia.
1- ¿Qué decisión había tomado Augusto al ir a
visitar a Unamuno?¿Qué le responde Unamuno? ¿Por qué cambia Augusto de opinión?
¿Cuál es el destino que nos espera a todos según Augusto?
Augusto le cuenta a Unamuno que ha decidido tomar la decisión de suicidarse, a lo que este le contesta que es imposible cometer eso ya que es un ente de ficción creado por él y al controlar sus actos niega la posibilidad de que Augusto se suicide.
Este contradice ser un ser
ficticio, ya que piensa como una persona de verdad y tiene sentimientos
como ellas. Debido a una disputa por este tema Unamuno decidematarle él mismo
ya que es su creador, haciendo que Augusto recapacite sobre lo quedeseaba
hacer. Como él quería matarse él mismo y no ser asesinado acaba implorando
y queriendo vivir como nunca antes.
Al final de la pelea Augusto
acaba diciendo que su creador, él , también moriráasí como todo el resto
de las personas en el mundo, ya que es inevitable.
2- Explica qué relación
establece Unamuno entre la vida y una novela: ¿quién es el novelista de
nuestras vidas, quiénes son los equivalentes a los personajes en la
vida, somos libres los seres humanos, por qué, cuándo moriremos?
Unamuno establece una relación religiosa ya que, como dice al final de la historia, todos los seres humanos llevamos a cabo una vida que Dios nos da y decide por nosotros. Por lo tanto cada uno de nosotros sería el personaje y protagonista de nuestra vida, haríamos todo lo que han escrito que hagamos siguiendo la historia, no siendo libres ya que alguien ha decidido por nosotros. El final de nuestra historia sucedería cuando nuestra vida acabe, es decir cuando Dios se canse de utilizar nuestro personaje y no pueda continuar la historia.
El pobre
hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseído miraría.
Intentó levantarse,
acaso para huir de mí; no podía. No disponía de sus fuerzas.
––¡No, no te
muevas! ––le ordené.
––Es que... es que...
––balbuceó.
––Es que tú no puedes
suicidarte, aunque lo quieras.
––¿Cómo? ––exclamó al
verse de tal modo negado y contradicho.
––Sí. Para que uno se
pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester? ––le pregunté.
––Que tenga valor
para hacerlo ––me contestó
––No ––le dije––,
¡que esté vivo!
––¡Desde luego!
––¡Y tú no estás
vivo!
––¿Cómo que no estoy
vivo?, ¿es que me he muerto? ––y empezó, sin darse clara cuenta de lo que
hacía, a palparse a sí mismo.
––¡No, hombre, no!
––le repliqué––. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y
ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.
––¡Acabe usted de explicarse de
una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse! ––me suplicó consternado––,
porque son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo
volverme loco.
––Pues bien; la
verdad es, querido Augusto ––le dije con la más dulce de mis
voces––, que no
puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni
tampoco muerto,
porque no existes...
––¿Cómo que no
existo? ––––exclamó.
––No, no existes más que como
ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi
fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que
de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que
un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues,
tu secreto.
Al oír esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas
miradas perforadoras que parecen atravesar la mira a ir más allá, miró
luego un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió
el color y el aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los
codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente a mí y, la cara en las palmas
de las manos y mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:
––Mire usted bien, don Miguel... no sea que
esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de lo
que usted se cree y me dice.
––Y ¿qué es lo
contrario? ––le pregunté alarmado de verle recobrar vida propia.
––No sea, mi querido
don Miguel ––añadió––, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no
existe en realidad, ni vivo, ni muerto... No sea que usted no pase de ser
un pretexto para que mi historia llegue al mundo..
––¡Eso más faltaba!
––exclamé algo molesto.
––No se exalte usted así, señor de Unamuno
––me replicó––, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi
existencia...
––Dudas no ––le interrumpí––; certeza
absoluta de que tú no existes fuera de mi producción novelesca.
––Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi
vez dudo de la existencia de usted y no de la mía propia. Vamos a cuentas:
¿no ha sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que don Quijote
y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes?
––No puedo negarlo, pero mi sentido al decir
eso era...
––Bueno, dejémonos de esos sentires y vamos a
otra cosa. Cuando un hombre dormido a inerte en la cama sueña algo, ¿qué
es lo que más existe, él como conciencia que sueña, o su sueño?
––¿Y si sueña que existe él mismo, el
soñador? ––le repliqué a mi vez.
––En ese caso, amigo don Miguel, le pregunto
yo a mi vez, ¿de qué manera existe él, como soñador que se sueña, o como
soñado por sí mismo? Y fíjese, además, en que al admitir esta discusión
conmigo me reconoce ya existencia independiente de sí.
––¡No, eso no!, ¡eso no! ––le dije
vivamente––. Yo necesito discutir, sin discusión no vivo y sin
contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me discuta y contradiga
invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos
––Puede
ser. Pero te digo y repito que tú no existes fuera de mí...
––Y
yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no existe fuera
de mí y de los demás personajes a quienes usted cree haber inventado.
Seguro estoy de que serían de mi opinión don Avito Carrascal y el gran don
Fulgencio...
––No
mientes a ese...
––Bueno,
basta, no le moteje usted. Y vamos a ver, ¿qué opina usted de mi suicidio?
––Pues
opino que como tú no existes más que en mi fantasía, te lo repito, y como
no debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana, y como no me da
la real gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho!
––Eso
de no me da la real gana, señor de Unamuno, es muy español, pero es
muy feo. Y además, aun suponiendo su peregrina teoría de que yo no existo
de veras y usted sí, de que yo no soy más que un ente de ficción, producto
de la fantasía novelesca o nivolesca de usted, aun en ese caso yo no debo
estar sometido a lo que llama usted su real gana, a su capricho. Hasta los
llamados entes de ficción tienen su lógica interna...
––Sí,
conozco esa cantata.
––En
efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo que se
les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción novelesca no
puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que
hiciese...
––Un
ser novelesco tal vez...
––¿Entonces?
––Pero
un ser nivolesco...
––Dejemos
esas bufonadas que me ofenden y me hieren en lo más vivo. Yo, sea por mí
mismo, según creo, sea porque usted me lo ha dado, según supone usted,
tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior, y esta lógica me
pide que me suicide...
––¡Eso
te creerás tú, pero te equivocas!
––A
ver, ¿por qué me equivoco?, ¿en qué me equivoco? Muéstreme usted en
qué está mi equivocación. Como la ciencia más difícil que hay es la de
conocerse uno a sí mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el
suicidio la solución más lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo
usted. Porque si es difícil, amigo don Miguel, ese conocimiento propio de
sí mismo, hay otro conocimiento que me parece no menos difícil que el...
––Y acaso los diálogos que usted forje no
sean más que monólogos...
––Puede
ser. Pero te digo y repito que tú no existes fuera de mí...
––Y
yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no existe fuera
de mí y de los demás personajes a quienes usted cree haber inventado.
Seguro estoy de que serían de mi opinión don Avito Carrascal y el gran don
Fulgencio...
––No
mientes a ese...
––Bueno,
basta, no le moteje usted. Y vamos a ver, ¿qué opina usted de mi suicidio?
––Pues
opino que como tú no existes más que en mi fantasía, te lo repito, y como
no debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana, y como no me da
la real gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho!
––Eso
de no me da la real gana, señor de Unamuno, es muy español, pero es
muy feo. Y además, aun suponiendo su peregrina teoría de que yo no existo
de veras y usted sí, de que yo no soy más que un ente de ficción, producto
de la fantasía novelesca o nivolesca de usted, aun en ese caso yo no debo
estar sometido a lo que llama usted su real gana, a su capricho. Hasta los
llamados entes de ficción tienen su lógica interna...
––Sí,
conozco esa cantata.
––En
efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo que se
les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción novelesca no
puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que
hiciese...
––Un
ser novelesco tal vez...
––¿Entonces?
––Pero
un ser nivolesco...
––Dejemos
esas bufonadas que me ofenden y me hieren en lo más vivo. Yo, sea por mí
mismo, según creo, sea porque usted me lo ha dado, según supone usted,
tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior, y esta lógica me
pide que me suicide...
––¡Eso
te creerás tú, pero te equivocas!
––A
ver, ¿por qué me equivoco?, ¿en qué me equivoco? Muéstreme usted en
qué está mi equivocación. Como la ciencia más difícil que hay es la de
conocerse uno a sí mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el
suicidio la solución más lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo
usted. Porque si es difícil, amigo don Miguel, ese conocimiento propio de
sí mismo, hay otro conocimiento que me parece no menos difícil que el...
––¿Cuál
es? ––le pregunté.
Me
miró con una enigmática y socarrona sonrisa y lentamente me dijo
––Pues
más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que un
novelista o un autor dramático conozca bien a los personajes que finge o
cree fingir...
Empezaba
yo a estar inquieto con estas salidas de Augusto, y a perder mi paciencia
––E
insisto ––añadió–– en que aun concedido que usted me haya dado el ser y
un ser ficticio, no puede usted, así como así y porque sí, porque le dé la
real gana, como dice, impedirme que me suicide.
––¡Bueno,
basta!, ¡basta! ––exclamé dando un puñetazo en la camilla–– ¡cállate!, ¡no
quiero oír más impertinencias...! ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto
y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo no ya que no te
suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto! ¡Muy pronto!
––¿Cómo?
––exclamó Augusto sobresaltado––, ¿que me va usted a dejar morir, a hacerme
morir, a matarme?
––¡Sí,
voy a hacer que mueras!
––¡Ah,
eso nunca!, ¡nunca!, ¡nunca! ––gritó.
––¡Ah!
––le dije mirándole con lástima y rabia––. ¿Conque estabas dispuesto
a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Conque ibas a quitarte la vida y
te resistes a que te la quite yo?
––Sí,
no es lo mismo..
––En
efecto, he oído contar casos análogos. He oído de uno que salió una
noche armado de un revólver y dispuesto a quitarse la vida, salieron unos
ladrones a robarle, le atacaron, se defendió, mató a uno de ellos, huyeron
los demás, y al ver que había comprado su vida por la de otro renunció a
su propósito.
––Se
comprende ––observó Augusto––; la cosa era quitar a alguien la vida, matar
un hombre, y ya que mató a otro, ¿a qué había de matarse? Los más de los
suicidas son homicidas frustrados; se matan a sí mismos por falta de valor
para matar a otros...
––¡Ah,
ya, te entiendo, Augusto, te entiendo! Tú quieres decir que si tuvieses
valor para matar a Eugenia o a Mauricio o a los dos no pensarías en
matarte a ti mismo, ¿eh?
––¡Mire
usted, precisamente a esos... no!
––¿A
quién, pues?
––¡A
usted! ––y me miró a los ojos.
––¿Cómo?
––exclamé poniéndome en pie––, ¿cómo? Pero ¿se te ha pasado por la imaginación
matarme?, ¿tú?, ¿y a mí?
––Siéntese y tenga calma. ¿O es que cree
usted, amigo don Miguel, que sería el primer caso en que un ente de
ficción, como usted me llama, matara a aquel a quien creyó darle ser...
ficticio?
––¡Esto ya es demasiado ––decía yo paseándome
por mi despacho––, esto pasa de la raya! Esto no sucede más que...
––Más que en las nivolas ––concluyó él con
sorna.
–¡Bueno, basta!, ¡basta!, ¡basta! ¡Esto no se
puede tolerar! ¡Vienes a consultarme, a mí, y tú empiezas por discutirme
mi propia existencia, después el derecho que tengo a hacer de ti lo que me
dé la real gana, sí, así como suena, lo que me dé la real gana, lo que me
salga de...
––No sea usted tan español, don Miguel...
––¡Y eso más, mentecato! ¡Pues sí, soy
español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de
lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el
españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España
celestial y eterna y mi Dios un Dios español, el de Nuestro Señor Don
Quijote, un Dios que piensa en español y en español dijo: ¡sea la luz!, y su
verbo fue verbo español...
––Bien, ¿y qué? ––me interrumpió, volviéndome
a la realidad.
––Y luego has insinuado la idea de matarme.
¿Matarme?, ¿a mí?, ¿tú? ¡Morir yo a manos de una de mis criaturas! No
tolero más. Y para castigar tu osadía y esas doctrinas disolventes,
extravagantes, anárquicas, con que te me has venido, resuelvo y fallo que
te mueras. En cuanto llegues a tu casa te morirás. ¡Te morirás, te
lo digo, te morirás!
––Pero ¡por Dios!... ––exclamó Augusto, ya
suplicante y de miedo tembloroso y
pálido.
––No
hay Dios que valga. ¡Te morirás!
––Es
que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir...
––¿No
pensabas matarte?
––¡Oh,
si es por eso, yo le juro, señor de Unamuno, que no me mataré, que no me quitaré
esta vida que Dios o usted me han dado; se lo juro... Ahora que usted
quiere matarme quiero yo vivir, vivir, vivir...
––¡Vaya
una vida! ––exclamé.
––Sí,
la que sea. Quiero vivir, aunque vuelva a ser burlado, aunque otra Eugenia
y otro Mauricio me desgarren el corazón. Quiero vivir, vivir, vivir...
––No
puede ser ya... no puede ser...
––Quiero
vivir, vivir... y ser yo, yo, yo...
––Pero
si tú no eres sino lo que yo quiera...
––¡Quiero
ser yo, ser yo!, ¡quiero vivir! ––y le lloraba la voz.
––No
puede ser... no puede ser...
––Mire
usted, don Miguel, por sus hijos, por su mujer, por lo que más quiera...
Mire que usted no será usted... que se morirá. Cayó a mis pies de hinojos,
suplicante y exclamando:
–¡Don
Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero ser yo!
––¡No
puede ser, pobre Augusto ––le dije cogiéndole una mano y levantándole––, no
puede ser! Lo tengo ya escrito y es irrevocable; no puedes vivir más. No sé
qué hacer ya de ti. Dios, cuando no sabe qué hacer de nosotros, nos mata.
Y no se me olvida que pasó por tu mente la idea de matarme...
––Pero
si yo, don Miguel...
––No
importa; sé lo que me digo. Y me temo que, en efecto, si no te mato
pronto acabes por matarme tú.
––Pero
¿no quedamos en que...?
––No
puede ser, Augusto, no puede ser. Ha llegado tu hora. Está ya escrito y
no puedo volverme atrás. Te morirás. Para lo que ha de valerte ya la
vida...
––Pero...
por Dios...
––No
hay pero ni Dios que valgan. ¡Vete!
––¿Con
que no, eh? ––me dijo––, ¿con que no? No quiere usted dejarme ser yo, salir
de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme,
serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción? Pues
bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también
usted, y se volverá a la nada de que salió...! ¡Dios dejará de soñarle!
¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se
morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar
uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos,
todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros,
nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel,
no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores,
lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima...
––¿Víctima?
––exclamé. ––¡Víctima, sí! ¡Crearme para dejarme morir!, ¡usted también se
morirá! El que crea se crea y el que se crea se muere. ¡Morirá usted, don Miguel,
morirá usted, y morirán todos los que me piensen! ¡A morir, pues!
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